lunes, 18 de febrero de 2013

A CHAPLIN / CHARLOT



Eres la aristocracia de la calle
en la punta de un gran cigarro 
que te dura celuloides y siglos. 

Dandi soberano
de pantalones anchos y caídos
como un cosmos
que pende de una simple cuerda de esparto.

Con las cejas brumosas de un país sumergido en la pena,
con los ojos abiertos del mundo
sirviendo alegrías
de almuerzos robados,
de fiestas y silbatos,
de golpes y más golpes,
de quimeras de oro…

con el sutil bigote que hizo
de todo un asesino
el tipo más entrañable de la historia,
abriéndole el cielo a muchachas ciegas,
haciéndole llorar a la humanidad
la extirpación de un hijo – que es ya hijo de todos –,
amarrado a un tubo de embutido en el vagón de una carnicería,
a punto de ahogarte en el intento por socorrer al suicida,
cocinando las cordoneras de la miseria y el hambre,
transformando panes en zapatos de claqué,
balanceándote apoyado en un bastón
a las puertas de los escaparates de la Quinta Avenida,
sobre la cuerda de acero rodeado de monos,
bajando con alas invisibles desde lo alto de un mástil,
volviendo a los ángeles sexuados impacientes boxeadores.

El bombín justiciero
al que el servicio de (NO) Inteligencia
nunca pudo poner nombre
ni origen exacto,
pero que sí tachó como sospechoso comunista,
cuando lo cierto es que
tan solo fuiste el afiliado número uno del humor.

Antes de ti nada,
nadie,
antes de ti todo tiniebla.

Eres, fuiste
el circo mudo de la esperanza
con las tartas estampadas
en el rostro feroz del Imperialismo Omnipotente.





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