miércoles, 13 de febrero de 2013

A ALLEN GINSBERG



Suena y resuena
el eco de un aullido,
la carcajada payasesca
del Ángel Gabriel
disfrazado de orangután;
con barba whitmaniana
y el símbolo de la paz tatuado en el culo.

La llave de todo armario
trae su nombre grabado en oro.
Toda polla,
toda mamada,
todo abismo, inexplorado o no,
le rinde culto
en los altares imaginarios del desconsuelo.

Él,
que volvió santo mártir a Carl Solomon
al mendigo, a la lesbiana, al yonqui…

Él,
que se negó a entrar al cielo
– que era una base militar yanqui –,
porque los relámpagos eléctricos de Zeus
mataron a su madre en un psiquiátrico.

Suena y resuena:
¡Moloch! Inmisericorde juez.
Legado perverso y sagrado.

Después de él
el sufrimiento de la vida
es la bacanal ácida
con los viejos taparrabos
de las hojas de hierba.

Suena y resuena: ¡apertura!

y desde entonces
al hombre
le duele menos ser hombre
o mujer.




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